09 marzo 2011

El viejo desmemoriado

Santiago Carrillo tiene 92 años, fuma como un carretero y puede que siga enterrando a los demás antes de que a él le toque el turno. Lo de enterrar a otros es algo que sabe hacer muy bien porque fueron miles los asesinados en Paracuellos del Jarama bajo su responsabilidad política y policial, pero eso es algo que prefiere olvidar y se acuerda de los ancestros de quien se lo recuerda cada vez que algún periodista le menta la bicha. Así hizo con Luis del Olmo al que mandó al infierno por preguntarle en una entrevista por el lugar donde fueron fusilados miles de españoles en Madrid y el pasado fin de semana ha hecho lo mismo con Jordi Evolé por mentarle el nombre de lugar llamado Paracuellos.

Carrillo debería recordar que cuando regresó a Madrid, haciendo el paripé de la peluca, fue recibido como uno más, nadie le preguntó sobre su conocido pasado y “pelillos a la mar”. Carrillo se avino a pactar con Suárez un estilo tolerante y generoso de hacer política y, mientras le convino, así fue, pero desde hace unos años le ha salido el veneno que lleva dentro y trabaja en contra de esa reconciliación que se consiguió entre todos y a favor de una etapa de la historia felizmente superada. Él, que trató igual de mal a los suyos que a los adversarios (los muertos en su armario son numerosos y de todos los colores) ha dicho: “La derecha española necesita una o dos guerras civiles cada siglo para sentirse bien”.

Si esas soplapolleces las dijese otra persona de su avanzada edad no habría que tomárselas en cuenta, pero el autor de esa frase está en pleno uso de sus facultades mentales y desarrolla una actividad permanente como escritor y opinador, con lo que no hay margen para la duda en cuanto a su idea de las dos Españas. No pocos comunistas y franquistas supieron encontrar un espacio para el diálogo y la construcción de la ansiada democracia. Carrillo, por lo que veo, se arrepintió de haber sido de ellos, por eso no quiere que le preguntemos por Paracuellos.

28 febrero 2011

Y venga a prohibir y prohibir, como en los regímenes comunistas


Esto es todo lo que sabe hacer este Gobierno. Miren, lo de menos es la efectividad o no de la decisión de limitar la velocidad a 110 kilómetros por hora en autopistas y autovías –los expertos ya anuncian que sólo se va a conseguir reducir el consumo de energía en un 3%–; lo importante, lo verdaderamente importante, es que este Gobierno tiene una ambición desmedida por intervenir en el ámbito de nuestra libertad personal.

Prohibir, prohibir, prohibir…

Es lo único que se le ocurre a este ya pequeño reducto de retrosocialistas trasnochados y absolutamente ideologizados que se miran en el espejo retorcido de un tardofranquismo sociológicamente vivo en sus entrañas: sus últimas medidas a la desesperada, el estado de alarma y la prohibición de ir a más de 110 km/hora, recuerdan a otras similares que se tomaron entonces cuando el Gobierno sólo entendía la relación con los ciudadanos en términos de ordeno y mando. Prohibir y recaudar, he ahí la cuestión como si el drama de este Gobierno fuera una duda shakesperiana, porque la decisión de prohibirnos conducir a más de 110 sólo tiene un sentido, el de conseguir ingresos para el Estado…

Este desgobierno restringe nuestras libertades, nos mete la mano en el bolsillo y encima nos pide que seamos comprensivos, pero ¿cuánto más vamos a aguantar? ¿No es ya suficiente el desprendimiento que hemos hecho en términos de libertades y derechos sacrificados en el altar del talante a mayor gloria de la Religión de Estado, de la Dictadura del Relativismo?

Este Gobierno sólo sabe resolver los problemas a base de reprimir nuestra libertad, coaccionar nuestros derechos y exprimir nuestros bolsillos para, al mismo tiempo, echar una mano en ayuda de una oligarquía económica monopolística a la que el Gobierno se ha entregado en la versión más obscena del socialismo capitalista. Y nosotros, jodidos.