11 diciembre 2006

Bienvenido al batido de Rh

Está en marcha la precampaña para las próximas elecciones autonómicas y municipales, donde votarán vecinos que no tienen nuestra nacionalidad. Se ha puesto de moda pensar en vasco o en catalán, en manchego o andaluz, cuando cada vez nuestras leyes dependen más de Europa y nosotros mismos empezamos a ser menos aldeanos y más europeos.

Somos producto de varias razas que se asentaron tras sucesivas invasiones, desde que vinieron los primeros africanos, recién estrenados como hombres siguiendo los pasos de los "antecesores" cuyos restos yacen en Atapuerca. Los españoles disfrutamos de un batido de "erreaches". Quienes investigan el futuro, sin más probabilidades de acertar que las sibilas griegas, nos dicen que en menos de 1.000 años, todos tendrán los ojos azules y la piel color canela. En la actualidad se está produciendo la invasión de un aluvión de pueblos:
subsaharianos, del altiplano andino, eslavos, chinos. Creo que es enriquecedor. Pero hay que tener cuidado con las diversas culturas que traen en sus mochilas del alma. Por ejemplo, cuando se dan las cifras de la violencia de género, no resulta ilustrativo el resultado y no lleva a la raíz del problema: La maté porque era mía.


Este viejo principio jurídico, ya obsoleto, no ajeno a los tiempos bíblicos, daba a la mujer la condición de cosa, como la cabra, el camello, la alforja o la tienda. Los españoles, entre los que también hay trogloditas, psicópatas y descerebrados, en general han aprendido que la mujer es persona, con derechos, un ser que merece respeto en sus decisiones, opiniones y caprichos. Pero entre nosotros hay hombres de otras culturas que no piensan lo mismo, porque su religión lo enseña de forma distinta, porque sus leyes ancestrales les obligan a actuar como lo hacen, o porque los demás hombres su pueblo pensarían que no es un macho. Hasta que no distingamos en los violentos de género a qué cultura pertenecen, no podremos erradicarla, educando eficazmente al violento.

Por ello, la primera condición a que hay que someter a los nuevos invasores para que sean bienvenidos, es integrarse en nuestro pueblo, en nuestra cultura milenaria, la única que merece tal nombre, la que seguimos en Europa desde el Mar de Mármara y los Urales a Finisterre, desde la isla de Rodas a las Canarias y Azores, desde el Mar de Kara al Estrecho de Bering, desde Groenlandia y Alaska al Cabo de Hornos, Sudáfrica y Australia.

Los griegos empezaron a hablar de libertad y democracia, hoy todo ese vasto mundo occidental reconoce la Declaración Universal de los Derechos Humanos y no podemos permitirnos el lujo suicida de que nadie venga a diluirlos con su cultura evidentemente atrasada. Tras la conquista del Reino Nazarí de Granada, la integración no fue posible. El crisol había funcionado con todos los invasores que les precedieron, celtas, iberos, fenicios, romanos y visigodos, pero los moriscos, nombre que se dio a los árabes tras el año 1492 en que su último rey salió de España, no funcionó. Felipe III se vio obligado de expulsar

Hay que exigir pacíficamente la integración y si no es posible nos avocamos a repetir la Historia de España, como en el 711 o en el 1609.

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