02 septiembre 2006

La gran estafa

Sentarse a dialogar con terroristas una cosa distinta a su rendición y entrega a las autoridades ya es lo suficientemente abominable como para encima preocuparse de la estrategia de ambas partes en la negociación. Metidos en el lodazal de tomar café con los asesinos de Miguel Ángel Blanco o Flavio Moreno, hay que tener el estómago a prueba de trilita para establecer una neutra agenda de negociación como la que los partidarios de la paz nos aseguran que existe. Los pactistas nos exigen que congelemos el corazón y nublemos la mente para comprender que lo que hacen es por nuestro bien, y que su frialdad y su distanciamiento de las víctimas son expresión de su control y nervios de acero.

A día de hoy, ETA-Batasuna está siguiendo escrupulosamente la lógica de la tregua y la negociación. Ha suspendido las operaciones en uno de sus frentes, pero el resto de la organización funciona a pleno rendimiento; el aparato económico, el de agitación, el frente de makos siguen funcionando, como corresponde a una tregua, que es una suspensión temporal de las operaciones en un momento y en un aspecto determinado. Fuera de ella, ETA-Batasuna recuerda que sigue en lucha, llena los arsenales y entrena a sus comandos. En la mesa de la negociación amenaza al Gobierno con volver a matar, y cuando éste flaquea, manda a los suyos a la calle, quema un autobús o sale en primera página de Gara. Meter presión al otro es la primera regla. ETA-Batasuna acusa al desgobierno central de todos los males posibles ante la opinión pública, se presenta a sí misma como partidaria sincera del diálogo y presiona al bobo de ZP a cumplir con lo acordado.

Pero aquí surge la anomalía ideológica de este gobierno desmembrado; piénsese en un comportamiento análogo al de la otra parte. Pues no. Cuando la "paz" se pone en peligro por la presión de ETA-Batasuna en las calles de San Sebastián de Vascongadas o los comunicados incendiarios, Zapatero se presenta así mismo como partidario del diálogo, y rompiendo cualquier protocolo negociador, esconde los atentados, defiende la sinceridad de ETA-Batasuna y carga contra los aguafiestas de turno. En otros términos, la lógica negociadora es sencilla; cuando el banquete político de ETA-Batasuna y ZP corre peligro, los asesinos de mujeres y niños (ETA) acusan a Zapatero, y Zapatero acusa... al Partido Popular.

Para meter prisa al Gobierno, los etarras activan los otros frentes terroristas. Éstos se desarrollan hoy con una intensidad baja, si es que se puede hablar de ello cuando los amenazados son seres humanos. Poco importan al Gobierno mientras no entorpezcan los mítines de Zapatero; "accidentes", los llamó. Para ocultar los desmanes terroristas, Zapatero moviliza todos sus resortes: medios de comunicación, activistas culturales, funcionarios del Gobierno. Anomalía enorme, puesto que así encaja y absorbe la presión de ETA sin devolvérsela. Parece evidente que la dialéctica de la negociación está rota, porque el Gobierno está a otra cosa. Las caras de solemnidad de Rubalcaba o De la Vega acerca de la responsabilidad del Gobierno, de la lógica de la negociación, del silencio necesario suenan a estafa al por mayor. No hay lógica negociadora, porque el Gobierno ha renunciado a establecer un antagonismo con ETA. Ha elegido sentarse a merendar con criminales, pero cuando éstos le molestan, da un golpe en la mesa en la cara de aquellos que no son sus enemigos. O sí. Lo dicho; una fenomenal estafa.

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